Las personas en la actualidad tienen el día sumamente estructurado. Se despiertan, se duchan, toman desayuno, se van al trabajo, lugar donde pasan la mayor parte del día, hasta que es hora de volver a sus hogares, donde en teoría comparten con sus familias, y digo en teoría porque, si bien están todos en la casa, cada uno se encuentra realizando una actividad por separado, como ver televisión, estar en el computador, ordenando, entre otras cosas.
Se piensa que es culpa o producto de la modernidad que el tiempo sea contado por segundos, y es por esta misma razón que hemos comenzado a automatizar todas nuestras actividades. La vida pareciera estar cronometrada; nos demoramos lo mismo todos los días en bañarnos, comemos lo mismo todas las mañanas, porque no hay tiempo para pensar si un día queremos desayunar algo distinto, y del mismo modo, todos los días realizamos el mismo recorrido para ir a nuestro trabajo o lugar de estudio.
Esto se puede dar por distintos motivos. Puede ser porque uno haya tomado el tiempo y sabe que por tal lugar es más corto que por otro, o porque conoce el medio de transporte que hay que usar, o en caso de que algún lugar sea menos peligroso que otro. En fin, tenemos el hecho automatizado y llega un momento donde ni siquiera lo pensamos.
Actualmente me encuentro en 4° año de periodismo de la Universidad Diego Portales y me he dado cuenta que cumplo con todas las condiciones anteriormente descritas. Soy una víctima más de la modernidad, y es por eso que al momento de desarrollar esta actividad quise hacerlo en un lugar que si bien está al lado de donde está mi campus universitario, nunca transito por ahí, ya que está en la vereda de enfrente de mi trayecto.
La Facultad de Comunicación y Letras de la Universidad Diego Portales se encuentra en Vergara #240, por lo que mi recorrido día a día es desde el metro Pedro de Valdivia hasta la estación Los Héroes, y a continuación salgo por la entrada sur, que da a la vereda izquierda, para llegar rápidamente a la Universidad. Recorrido que en total no demora más de 25 minutos.
En éste lugar sé con quién me voy a encontrar dependiendo la hora de llegada. Si es temprano, están los típicos repartidores del diario “La Hora”, el quiosco que vende diarios y dulces que siempre está abierto a menos que haya protestas, y un poco más allá una señora que vende sopaipillas con kétchup y mostaza, mientras que a la hora de vuelta a mi casa, se agrega un señor que vende verduras y frutas en un carrito, además de uno que otro vendedor ambulante que se dejan caer cuando no están los carabineros cerca.
¿La apuesta está en ver y saber qué pasa en la vereda derecha? Para descubrir si es tan distinto el mundo en la vereda de enfrente de esta parte de la Alameda.
Cruzo la calle bajo tierra, por el metro y mientras me acerco a la salida que da a la vereda derecha empiezo a escuchar una música folclórica llena de vida y sentimiento. A medida que me acerco los acordes suenan más fuertes, hasta que me encuentro con dos jóvenes, uno toca la guitarra mientras el otro canta, y le agradece a un señor que le tira una moneda.
Sin embargo al salir del metro esta vida se acaba, me encuentro con un entorno que para mí, tiene menos vida, que es más grisáceo. Todos caminan rápido, van apurados. Miro a mi alrededor, mientras miro la vereda que es familiar para mi, “mi vereda”.
Si bien intento conectarme con este lado de la Alameda lo siento un tanto ajeno. Las construcciones se ven desgastadas. Veo la Universidad Alberto Hurtado, un grupo de niñas que va entrando, y se escucha que están hablando de “los cuicos y sus derechos”. También noto un quiosco donde venden diarios, y un poco más allá hay una señora que vende pañuelos, bufandas y guantes entre otros productos invernales, utilizados para tentar a los entumidos transeúntes.
De la nada una abuelita pasa con un globo de helio para guagua que llama la atención de la gente, pero al instante después todos siguen con caras serias, tristes.
Me quedo parada y escucho conversaciones. Definitivamente el tema en la sociedad es la educación. Algunos están de acuerdo con los movimientos estudiantiles y del colegio de profesores, otros no tanto y los últimos encuentran que están haciendo puros desmanes y perdiendo clases. Definitivamente un escáner de la sociedad, ya que es lo mismo que pasa en ella, pero en menor escala.
Cansada de ver caras agotadas y apenadas, vuelvo resignada al lado izquierdo de la Alameda. Camino por la vereda colorida que esta vez recorro detenidamente, mientras observo el trayecto que me lleva a clases todos los días.